Los regresos

El año 1978 está en boca de todos estos días, por motivo del aniversario de la Constitución y el debate sobre qué demonios hacemos con ella. En la historia de mi familia es, en cambio, el año del Regreso. O “regreso”, en modestas minúsculas. El regreso a Galicia.

En julio del 78 mi familia retornó a Galicia desde Suíza, donde habíamos nacido yo y mi hermana. Ella tenía ocho años por aquel entonces, yo era un bebé de catorce meses. Mis padres habían pasado juntos una docena de largos años en el cantón del Jura, francófono y segregado por las malas del cantón germanoparlante de Berna. Antes de casarse mi padre ya vivía allí desde un par de años antes, y mi madre otro tanto en Londres. Somos hijos de emigrantes de larga duración, en aquella Europa rica y hambrienta de mano de obra. Como evidencia en mi DNI figura un lugar exótico de nacimiento: “Delémont (Berna)“. Los jurassiens aún no se habían separado de los berneses y quedó así en el registro.

Lo curioso de toda la historia es que diga “regresamos”, en primera persona del plural. Yo nunca había residido en Galicia y sólo había viajado allí en una vez anterior, aun más de pequeñito. En sentido estricto no “volví” sino que “me mudé” a Galicia. Pero “regresamos” de alguna manera para donde pertenecíamos, no sólo mis padres, sino los cuatro.

Mis padres tomaron en su vida dos decisiones muy difíciles. La primera, abandonar su tierra y familia para progresar, la épica mil veces mal contada del migrante. La segunda, más discreta pero para mí más heroica: abandonar el sitio donde se habían integrado, habían aprendido el idioma y después de mucho trabajo, donde tenían una buena seguridad para su familia, para volver a su país, incierto, inestable y que ya no era el país que habían dejado atrás. Las dos decisiones pudieron salir muy torcidas, pero fueron bien, con sus dificultades

Hace poco más de doce años tomé la primera decisión y vine a Alemania. Las circunstancias del 2006 en adelante tienen poco que ver con las de cuatro décadas atrás para mis padres: hay Skype, telefonía decente y dos vuelos al año de ida y vuelta. El choque cultural para el emigrante de los 70 era enorme, para los de estas épocas, por fortuna, mucho menos. Las otras luchas, el idioma, la xenofobia declarada o la latente, la nostalgia y la soledad, siguen ahí.

Ya os oleréis la conclusión de toda esta arqueología sentimental. Tomé, tomamos, la segunda gran decisión: regresamos. En breves meses, comenzado el 2019, nos instalaremos en Galicia.

Aquí tenemos seguridad y allí muchas incógnitas, pero aun así, sin embargo, a pesar de todo. El miedo es grande, pero menos que la ilusión. No queremos negarle a nuestro niño el crecer en contacto con sus abuelos, su familia, lengua y cultura. En su DNI figurará como lugar de nacimiento “Múnich (Alemania)“, pero será una anécdota, el punto de comienzo de una historia para contar con jirones de la memoria de otros, porque él guardará tantos recuerdos de Baviera cómo yo de Suíza: ninguno.

Por cierto, mis padres fueron dos a Suíza y doce años después volvieron cuatro. Yo vine solo y doce años después volveremos tres. Mi niño tendrá una edad semejante a la mía cuando “regresé” por primera vez de la Suíza. Y él dirá en un futuro: “En el 2019 regresamos a Galicia”. O yo que sé lo que dirá. Sólo sé que ahora esta larga aventura en Baviera se acaba. Comienza otra. Mi segundo regreso, pero este es real.

Nos vemos ahí.

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Cierta familia de gallegos en Suíza, probando con el disparador automático de una cámara analógica. Corría el 77. Son el de verde

 

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