Las cosas extranjeras

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Si entráis en mi casa sin conocer mucho nuestra historia no vais a encontrar a primera vista nada anormal o fuera de lo ordinario. Si comenzáis a husmear con detalle por los armarios y por nuestras cosas (lo cual sería de bastante mala educación, pero bueno, sois mis invitados) descubriréis cosas que vienen de “allá”, de Alemania. Mejor dicho, de Alemania venimos nosotros, las cosas las hemos traído. Las cosas son extranjeras, pero no lo eran cuando las compramos: los extranjeros éramos nosotros.

No me pararé, para no aburrir, en los muebles, decoración y demás cosas más o menos permanentes. Me refiero a las cosas de consumo, fungibles, que aún tenemos dos meses después de abandonar aquel país. Comida (no fresca, claro, pasaron dos meses), productos de higiene, de limpieza y cosas por el estilo. Todas viven un proceso continuo que se vive en todas las casas: esos productos se acaban, desechamos el envase a la basura y compramos otro producto equivalente en el súper del barrio. Sustituimos un producto etiquetado en alemán por otro, más familiar (para ti, visitante fisgón) con etiquetado en español. Porque es muy raro comprar algo etiquetado en lengua gallega, pero esa es otra historia.

En nuestras reservas ya no hay definitivamente Milch, Butter, Käse o Zahnpasta, y a cambio ya tenemos leche, mantequilla, queso o pasta de dientes. Podemos encontrar Senf, Duschgel y Thunfisch, pero ya conviven con sus hermanos españoles mostaza, gel de ducha y atún. Llegará un día en el que todos estos fungibles germánicos se acaben y que sólo encontremos cosas compradas aquí, nada exóticas. Entonces tendremos que recurrir a otros indicios, como detalles en la decoración o al pequeño montón de libros que trajimos de allá para que descubráis lenguas extrañas e intuir que los dueños de la casa han estado alguna vez en las Germanias.

Esto se pasará, supongo, acaso cuando estos envases en alemán vayan cayendo a la basura. Se pasará lo de comparar, lo de seguir sintiéndome “inmigrante” o “extranjero” o “ajeno”, como si tuviese algo raro y temiese que me lo descubran. Se pasará. Somos retornados, y la emigración fue una parte larga e intensa de nuestra historia y es imposible de obviar o ocultar, pero será un detalle en una familia funcional y típica “de aquí”, de hecho ya lo estamos siendo sin ser conscientes de ello. La nueva rutina desde que llegamos me da vértigo cuando lo reflexiono “desde fuera”, con la cabeza aún “allá”, como la nueva casa, trabajo, guardería del pequeño, etc., pero precisamente la rutina es la que va tiñendo todo de normalidad, el Señor Tiempo es el que acaba de poner todo en su sitio. Y a nosotros nos puso aquí de vuelta. Queda mucho por caminar, pero ese paso ya está dado, ya fue.

Volvemos a la misma tierra de la que salimos, pero ya no es la misma, el tiempo ha pasado, a la gente que dejamos le han pasado cosas. Ya lo sabíamos. Y no importa, importa el ahora. Pienso en nuestro hijo: nació allá, pero eso será sólo una anécdota, crecerá aquí sin recordar nada de aquel país, será un niño de aquí, luego un chico, un muchacho, un hombre de aquí. Lo sé porque viví lo mismo. La vida afuera marcó a fuego a sus padres, pero no a él.

En fin. Estamos contentos de haber vuelto. El último envase alemán acabará en la basura y a nosotros sólo nos importará el aquí y el ahora, aunque la memoria perdure. Por nosotros.

Y por vosotros, qué demonios. Os echábamos de menos. Y ya no queremos echar de menos, no queremos más morriña. Nunca más.

Los regresos

El año 1978 está en boca de todos estos días, por motivo del aniversario de la Constitución y el debate sobre qué demonios hacemos con ella. En la historia de mi familia es, en cambio, el año del Regreso. O “regreso”, en modestas minúsculas. El regreso a Galicia.

En julio del 78 mi familia retornó a Galicia desde Suíza, donde habíamos nacido yo y mi hermana. Ella tenía ocho años por aquel entonces, yo era un bebé de catorce meses. Mis padres habían pasado juntos una docena de largos años en el cantón del Jura, francófono y segregado por las malas del cantón germanoparlante de Berna. Antes de casarse mi padre ya vivía allí desde un par de años antes, y mi madre otro tanto en Londres. Somos hijos de emigrantes de larga duración, en aquella Europa rica y hambrienta de mano de obra. Como evidencia en mi DNI figura un lugar exótico de nacimiento: “Delémont (Berna)“. Los jurassiens aún no se habían separado de los berneses y quedó así en el registro.

Lo curioso de toda la historia es que diga “regresamos”, en primera persona del plural. Yo nunca había residido en Galicia y sólo había viajado allí en una vez anterior, aun más de pequeñito. En sentido estricto no “volví” sino que “me mudé” a Galicia. Pero “regresamos” de alguna manera para donde pertenecíamos, no sólo mis padres, sino los cuatro.

Mis padres tomaron en su vida dos decisiones muy difíciles. La primera, abandonar su tierra y familia para progresar, la épica mil veces mal contada del migrante. La segunda, más discreta pero para mí más heroica: abandonar el sitio donde se habían integrado, habían aprendido el idioma y después de mucho trabajo, donde tenían una buena seguridad para su familia, para volver a su país, incierto, inestable y que ya no era el país que habían dejado atrás. Las dos decisiones pudieron salir muy torcidas, pero fueron bien, con sus dificultades

Hace poco más de doce años tomé la primera decisión y vine a Alemania. Las circunstancias del 2006 en adelante tienen poco que ver con las de cuatro décadas atrás para mis padres: hay Skype, telefonía decente y dos vuelos al año de ida y vuelta. El choque cultural para el emigrante de los 70 era enorme, para los de estas épocas, por fortuna, mucho menos. Las otras luchas, el idioma, la xenofobia declarada o la latente, la nostalgia y la soledad, siguen ahí.

Ya os oleréis la conclusión de toda esta arqueología sentimental. Tomé, tomamos, la segunda gran decisión: regresamos. En breves meses, comenzado el 2019, nos instalaremos en Galicia.

Aquí tenemos seguridad y allí muchas incógnitas, pero aun así, sin embargo, a pesar de todo. El miedo es grande, pero menos que la ilusión. No queremos negarle a nuestro niño el crecer en contacto con sus abuelos, su familia, lengua y cultura. En su DNI figurará como lugar de nacimiento “Múnich (Alemania)“, pero será una anécdota, el punto de comienzo de una historia para contar con jirones de la memoria de otros, porque él guardará tantos recuerdos de Baviera cómo yo de Suíza: ninguno.

Por cierto, mis padres fueron dos a Suíza y doce años después volvieron cuatro. Yo vine solo y doce años después volveremos tres. Mi niño tendrá una edad semejante a la mía cuando “regresé” por primera vez de la Suíza. Y él dirá en un futuro: “En el 2019 regresamos a Galicia”. O yo que sé lo que dirá. Sólo sé que ahora esta larga aventura en Baviera se acaba. Comienza otra. Mi segundo regreso, pero este es real.

Nos vemos ahí.

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Cierta familia de gallegos en Suíza, probando con el disparador automático de una cámara analógica. Corría el 77. Son el de verde

 

Neuperlach, un barrio

 

Neuperlach es el barrio donde vivo y me apetecía escribir sobre él. Precisamente, porque no lo encontrarás en tu guía de Baviera o de la ciudad de Múnich. Aquí no hay monumentos, aquí no se coronaron emperadores ni reyes ni se erigieron catedrales, ni tan siquiera hubo una revolución popular. Es un barrio, sin más, y para un extraño en la capital bávara, aquí no hay nada que ver ni hay nada por lo que venir. Sin embargo, aquí acabamos tras una ardua busca de vivienda, aquí llevamos más de un año y aquí, causalidades de la vida, va a nacer nuestro hijo. No creo que duremos mucho porque pensamos mudarnos (nuestro futuro y minúsculo compañero de piso tiene la culpa), pero Neuperlach es nuestro presente.

Solpor e arco da vella- Sunset and rainbow

Situémonos. Neuperlach es una gran barriada del sur de Múnich, que en tiempos fue extrarradio, pero al crecer tanto la ciudad en extensión hoy en día se puede considerar casi céntrico. En veintipocos minutos se accede al casco histórico y a todos los puntos importantes de la ciudad. Consta en buena parte de grandes bloques de viviendas que, a diferencia de nuestras ciudades, no conforman manzanas y calles, sino que dejan espacios vacíos entre ellos, formando colonias. Lo bueno es que esos espacios vacíos están ajardinados, abundando las zonas verdes, parques y paseos con árboles. Veo incluso ardillas corriendo por las aceras. Así que el barrio es una curiosa mezcla de monstruos de hormigón y cristal emergiendo entre jardines y avenidas. Para unos coruños como nosotros, nada que objetar: estamos acostumbrados a los edificios y crecimos con un déficit de zonas verdes, que aquí hay en abundancia.

(Inciso: insisto en lo de los bloques de viviendas porque es algo muy normal en nuestra cultura urbana, pero no en la centroeuropa rica. Los alemanes como Helmut detestan los edificios de viviendas, todos ansían vivir en una casita con jardín para los niños y hacer asados, garaje para el BMW y casita para el perro. Si este plan falla, Helmut se conformaría con residir en una casa de viviendas, de dos alturas como máximo y jardín comunal. Las torres de viviendas son para los inmigrantes. Pero no puedes montar una ciudad de 2 millones de habitantes y que todos vivan en una casa individual con jardín. Asúmelo, Helmut).

Hay varias empresas importantes con sede en Neuperlach: Siemens, Allianz, Generali, Wacker… Hay un gran centro comercial, el PEP (no, no es un homenaje a la etapa muniquesa de Guardiola), varios más pequeños, supermercados, una biblioteca municipal bastante mal equipada, un centro cultural público con teatro y actividades, un parque enorme (el Ostpark) y varios más pequeños, incluso un bosque (el de Trudering), una piscina municipal, un centro de acogida de refugiados y su Muro de la Vergüenza, colegios, institutos, etcétera. Entre el hormigón, mucha gente que pulula en los atardeceres y hablan idiomas poco germánicos: turco, árabe, serbio, polaco, italiano, rumano… gallego. Sólo nosotros, pero es algo. Gran parte de mis vecinos tiene origen migratorio. Y contra lo de hacer alternativas locales de ocio y culturales juega el arma de doble hilo de la buena comunicación con el casco histórico de Múnich: a menos de media hora están los teatros, cines y discotecas. Lo que incrementa la sensación de que lo bueno empieza cuando se sale de los límites del vecindario.

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La factoría de la Siemens en Neuperlach. Detrás se ven los Alpes, a pesar de estar a más de un ciento de kilómetros al sur.

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También hay cosas que no hay. Cines, teatros (fuera del centro cultural), iniciativas comunitarias culturales, cafeterías fuera del centro comercial, bares de noche, librerías, pequeño comercio no perteneciente a grandes cadenas, o en resumen, cosas que hacer aparte de trabajar y comprar y consumir en el centro comercial. Tampoco busquéis monumentos o historia: aquí todo tiene cincuenta años como máximo, que es el aniversario que celebró el barrio hace poco.

Como muchos otros barrios de grandes ciudades europeas, Neuperlach se ideó a fines de los 60 de una vez sobre plano para alojar a la creciente población urbana (Entlastungsstadt, ciudad de descarga, le llamaron). Así fueron brotando los inmensos bloques en los años 70 y 80. En Francia les llaman banlieues, en alemán, Vorstädte. Suburbios para dar cobijo a los millares de personas que estaban llegando a la ciudad. Los bloques fueron siendo ocupados por gente trabajadora de origen sobre todo extranjero, sobre todo de Turquía y del Este de Europa. “Pedimos mano de obra, y vinieron personas”, dijo alguien. Yo no estaba aquí y no hablo de lo que no sé, pero el Nuevo Perlach pasó de ser un lugar rural y despoblado a ser bestialmente urbano, e inmediatamente devenir en un “punto social candente”: problemas de integración en las escuelas, delincuencia, drogas… yo no estaba, insisto, pero me suena la historia. Hoy en día Neuperlach es más seguro que muchos vecindarios más “centrales”, pero el estigma permanece, y a pesar de no manifestarse en forma de violencia y delincuencia, los problemas de integración son un hecho.

Solpor nas fiestras - Sunset on windows

Hoy en día el vecino neuperlachés típico tiene origen migratorio, pero de segunda o tercera generación. A diferencia del emigrante gallego en Alemania de los años setenta y ochenta, estos no regresaron a su patria y ahora viven aquí sus hijos y netos, muchos con el pasaporte alemán. Leí en un reportaje que un maestro tenía un aula con quince niños de dieciséis nacionalidades, ya que alguno podía tener dos o más. Esos niños están desgarrados de la patria de sus abuelos, y a pesar de todo no son vistos cómo “verdaderos alemanes”, y un sistema clasista les pondrá, por ejemplo, mil zancadillas para avanzar en sus estudios. La diferencia de chavales que acceden a estudios universitarios en barrios como Neuperlach en comparación con otros “más blancos” es escandalosa. No creo que sea todo culpa suya, o de los padres.

Volviendo a las generaciones de emigrantes, no leí estudios sobre el hecho, pero dudo que Neuperlach siga siendo un punto de llegada. ¿Por qué? Porque como ya contamos un día, la gran problemática social y económica de Múnich es la vivienda. Hay poca y el precio se dispara de año en año. Neuperlach está cerca del centro urbano, las viviendas son de calidad si ignoramos la estética y el distrito no es una excepción a esta subida de precios, por lo que está siendo abordado, a pesar de su fama de gueto, por habitantes de mayor nivel económico. Como la famosa gentrificación, pero sin necesidad de poner librerías-café y tiendas de muffins: la burbuja inmobiliaria es suficiente para disparar los alquileres. En el exterior, nada cambia, pero en el interior, va a ser duro para los vecinos de antiguo que no tengan la vivienda en propiedad. Nos incluyo en este lote. Nosotros buscamos un apartamento más amplio para la descendencia próxima, y mucho temo que nos va a tocar vivir más lejos de la Marienplatz, y de mi trabajo, lo que me fastidia bastante más.

Gueto, Neuperlach? Ni yo que llevo quince meses aquí, ni los visitantes temporales que conocemos tenemos esa sensación. A Roma lo que es de Roma y fuera estereotipos. Es un barrio muy tranquilo, sin incidentes, relativamente limpio, de gente trabajadora y en general muy abierta y amable, hablando siempre desde mi experiencia personal y subjetiva. Pero los estereotipos pesan, y Neuperlach suena a ese ghetto boy vestido de rapero, que habla un argot urbano, con escasa cultura, piel morena y comportamiento asocial (“Asis“, les llaman, de Asozialen). No son perjuicios locales contra Neuperlach, sino clasismo, criminalización y ridiculización de la clase obrera y, muchas veces, xenofobia y racismo. Daría para una tesis, pero esto no lo es.

Hay cierta costumbre con los carros de compra de los supermercados que me tiene fascinado y que no he visto en otro lugar en Alemania. Este es un lugar muy alemán en su concepción, pero en el fondo, lejos de la perfección germana. Y me gusta. Sencillamente, se llevan el carro por la calle hasta su casa, dejándolos abandonados por ahí.

Uno de nuestros lugares preferidos es, contiguo a Neuperlach (el “Nuevo Perlach”), el vecindario de Perlach o Altperlach (el “Viejo Perlach”). Si definimos a Neuperlach como un inmenso barrio nuevo y construido de la nada, Altperlach es una pequeña villa bávara antiguamente alejada de Múnich pero que posteriormente fue fagocitada por la ciudad, pero no devorada ni digerida. Conserva su carácter rural, algunas casas bávaras de siglos de antigüedad, sus fiestas populares, la iglesia y el riachuelo de Hachinger Bach. En medio de la urbe y a pocos metros de todo lo que describí arriba. Hay esperanza.

 

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Me despido con una celebridad de Neuperlach, un alemán que quiso ser latino y lo petó en la década pasada versioneando el Mambo nº 5 de Pérez Prado: Lou Bega. Si nunca lo bailasteis, o sois muy jóvenes o tenéis horchata en las venas.

Algunhas ligazóns:

19 de Octubre del 2006

Ice cased Adelie penguins after a blizzard at Cape Denison / photograph by Frank Hurley
State Library of New South Wales. Ice cased Adelie penguins after a blizzard at Cape Denison / photograph by Frank Hurley.  Sin restricciones de Copyright, fuente clicando en la imagen na. Yo la llamo “Alegoría del Castiñeira conociendo en persona el invierno bávaro”.

Dije que no iba a escribir en un tiempo, y así fue durante siete meses. Y esta semana, dos posts. Para este segundo hay una razón, por los números de la fecha de hoy: una efeméride personal. Pero seré breve.

El 19.10.2006, hace exactamente una década, llegaba yo a horas bastante tardías al aeropuerto de Munich. Después tomaría una especie de taxi nocturno hasta la ciudad de Passau, frontera de Baviera con Austria, unos 150 km. A primeros de noviembre comenzaría mi curso de alemán en la Volkshochschule, de la cual no sabía ni pronunciar el nombre. Como ya conté en mis aventuras en mi difunto antiguo blog, estaría cinco meses en la pequeña ciudad fronteriza, nueve años en Regensburg y estos últimos siete meses en la capital del Estado, Munich. Cuento con los dedos, miro otra vez el calendario, las manos a la cabeza.

Diez años en Alemania.

No recuerdo muy bien todos los detalles de aquel 19-Oct, pero me acordaré de esa fecha mientras viva, y pienso que cualquier migrante puede contar lo mismo. Recuerdo también que entonces tenía planes, difusos y susceptibles de modificaciones, como mucho para un año. Como era (¿es?) habitual en mí, no tenía ni idea de si iba a durar en este país, si iba a fracasar, triunfar, si me iba a aburrir yo mismo de la tontería.

Claro que por entonces no sabía alemán, ni había comprobado aún que cada año dura menos y es de peor calidad. Y es que una década a este paso no va a durar ni una mañana. Pero los calendarios no mienten y dicen que llevo diez años de emigrante en este país. Zehn Jahre schon!

Lo que no me dicen los calendarios es si debo celebrarlo, lamentarlo, o reunirlo todo en este revoltijo confuso en el estómago y en la memoria. Porque es la cuarta parte de mi vida y no me gusta poner hitos de “antes” y “después”: hice lo que hice, pasó lo que pasó y el tiempo hizo su trabajo, transcurrir.

Lo que nos queda es la memoria, sobre todo de las cosas buenas y de los errores y aciertos, y también el futuro. No sé desde dónde escribiré dentro de otros diez años. Y menos mal que no lo sé. Pero sea lo que sea, que sigáis ahí. Celebrémoslo o no, venga un brindis.

En la tele

En los informativos de V Televisión y de la mano de Santiago Garrido y Global Galicia llevan todos los lunes a un destacado personaje de la emigración gallega. Pero se ve que para la próxima semana no había ningún personaje destacado disponible y seré yo quien aparezca vía “escaip”, ese gran amigo de los emigrantes. Hablaremos de migración, literatura, “morriña” y letras y de lo que vaya surgiendo y de lo que me permitan los nervios. Nos vemos allí.

El lunes 31 de Agosto en V Televisión, a las 22 horas aproximadamente. 
Televisión de outono - Autumn TV

Añadido:

No salió de todo mal! Podéis verlo en este enlace, a partir del 5:40